Espectacular. Sorprendente. Devastadora. Una obra de ciencia ficción capaz de atrapar incluso a aquellos que no sean muy asiduos a este género. Porque Laura tiene un don, una magia especial para contar sus historias que absorbe y encanta como si lanzara hechizos a través de sus palabras. Parece poseer, como el antagonista de esta historia, el poder de introducirse en las mentes de sus lectores y apasionarlos hasta que los ojos duelen de tanto leer. Y uno llega a la ú
ltima línea, recuerda que debe seguir respirando y siente el alivio repentino de quien ha estado en tensión durante los últimos quince minutos. Increíble.
FICHA DEL LIBRO
Título: Las hijas de Tara
Autor: Laura Gallego García
Editorial: SM
Ciudad: Madrid
ISBN: 97884-348-8629-2
Páginas: 268
Se dice por ahí que la ciencia ficción va a ser el género destacado de la próxima temporada en la literatura infantil y juvenil. Y he de reconocer que la idea me asustó en un principio, porque no soy en absoluto una apasionada del género y porque me imaginaba la misma esponja vampírica actual, escurrida hasta el máximo, pero en ese caso con planetas lejanos, alienígenas, ambientes futuristas y máquinas por todas partes. Acostumbrados como estamos, hay que reconocerlo, a la fantasía con ambientes medievales, espadas, dagas, caballos y ciudades encantadoras ocultas en las montañas, atisbar un horizonte literario repleto de androides y armas nucleares no parecía lo más idílico del mundo. Pero hay que tener la mente abierta a nuevas experiencias y verdades, como muy bien saben los protagonistas de esta historia, porque cualquiera puede acabar por sorprenderse con las maravillas de lo desconocido.
El caso es que uno entra en este libro acongojado porque los parajes descritos nada más empezar inquietan a cualquiera. Desertización, contaminación, radiación sin horizontes claros que sirven de frontera entre un mundo natural salvajemente desarrollado y unas ciudades repletas de robots en los que los seres humanos experimentan hasta límites aberrantes. Las descripciones paisajísticas, en este libro, son deliciosas. Las grandes extensiones yermas y contaminadas provocan repulsión y las ciudades, si bien incitan algo de curiosidad, acaban por parecer terribles. Aunque la naturaleza, el bosque de Mannawinard, tampoco es un camino de rosas. La autora describe la violencia de la selva, la ley del más fuerte, de la supervivencia. Hace aparecer en escena animales peligrosos y terribles con los que los protagonistas deben luchar para defenderse y no dulcifica en absoluto la carnicería cuando alguno de los integrantes del grupo prepara la cena con los restos de una contienda. Es inevitable, en mi opinión, que el autor se identifique con uno de los bandos de la guerra. Pero es importante que no se deje arrastrar por la parcialidad y acabe haciendo apología de sus pensamientos en detrimento de la calidad del libro. En este caso la posición tanto de la autora como del lector se localiza en el lado natural, pero del mundo artificial se extrae una curiosa atracción: resulta interesante y sugerente. Sus protagonistas caen bien, son duros y con personalidades tan marcadas y atrayentes que resulta difícil, en un principio, intuir lo que va a ocurrir. Y ese suspense es, sin ninguna duda, una de las maravillas de este libro.

Laura siempre deja incógnitas abiertas. La mayoría de los escritores tienen esa irritante manía de conocerlo todo y racionar la información a un lector que se muere de ganas por saber más. Qué se le va a hacer, así son los libros. Ella, por su parte, introduce frases cortas y chocantes con la realidad conocida. De repente, algo no cuadra. Algo no está bien y tiene dos maneras de hacerlo ver. Como brillante narradora deja diseminados algunos puntos suspensivos en los momentos decisivos. Pero también los personajes viven su propio trauma por culpa de la ignorancia, pues con ellos también consigue dar esa misma sensación de incertidumbre. Sus protagonistas tienen intuiciones, corazonadas, pensamientos fugaces que o bien olvidan (el lector no, el lector no está luchando contra una fiera asesina en ese momento y se puede permitir el lujo de recordarlo), o bien destierran hasta un momento en el que no estén bloqueados por las circunstancias. Pero el peor error de todo esto, además de abusar, que en absoluto debe hacerse (si no la persona que lea el texto será incapaz de enterarse de nada), es que el propio escritor olvide aquella situación intrigante como si nunca hubiera existido. Todas ellas, por numerosas que sean, deben pertenecer a un esquema superior, mucho más amplio, que engloba el libro desde el principio hasta el final. Por eso hay que planificar bien, por mucho que nuestra idea inicial sea la mejor de la literatura universal. Laura, al final de la historia o a lo largo de ella, deja caer perlas de información que tanto el lector como los personajes deben ir guardando en su saco de pistas para llegar a la solución final, que es donde se explica todo y donde toda nuestra curiosidad queda satisfecha. Durante las aventuras, la maestría de su narración nos lleva a ciertas preguntas, y sus respuestas nos envían directamente a otras preguntas de mayor envergadura que se acercan poco a poco al objetivo final de la historia. Es difícil, pero nada que una buena planificación no permita hacer sobradamente.
Me enfadaría mucho conmigo misma si no hablara, refiriéndome a una novela como ésta, del vocabulario técnico y científico que se utiliza durante toda la obra. Los nombres de los robots compuestos de letras, números y guiones, los nombres de las corporaciones tecnológicas, los nombres de las máquinas y de las armas. Y también el vocabulario más amplio, no sólo el que sirve para denominar los objetos que aparecen, sino el ambiente. Implantes, mutantes, artificial, genética, biobot son sólo algunas. El escritor recorre con su pluma los parajes sobre los que se desarrolla la historia y el lenguaje utilizado debe ser coherente con lo que viven las personas que dependen de su imaginación. Todo esto ya lo advertía Jordi Sierra i Fabra en La página escrita:
Hemos de escribir para el presente una novela o relato que sucede en el futuro. Podemos redactar la historia con toda normalidad, pero necesariamente habremos de bautizar lo nuevo con una terminología que no chirríe, que parezca natural y sobre todo, lógica, por inventada que sea.
Hay otras dos cosas que me interesan especialmente de este libro. La primera de ellas es el final inimaginable y esperado. Y es que hay novelas que van contando una historia poquito a poco y no se advierte el final hasta que llega (son dos formas de contar, ninguna mejor que otra). Pero en este caso la autora nos desvela desde el principio que existe un viaje, una misión, un final. Y sabemos que vamos hacia ahí, pero no tenemos ni idea del camino que vamos a recorrer hasta que lleguemos. Eso también mantiene la tensión y el lector no tiene más remedio que leer atentamente si quiere llegar a la última página con el resto de los personajes y con la misma información que ellos en la cabeza. Es como una aventura que nos proponen a nosotros. Sólo tenemos que leer el libro, que nos va llevando como espectadores y partícipes de la emoción hasta un desenlace inhóspito que esperamos desde el principio.
La segunda y última de mis aportaciones es la evocación de los miedos humanos. La humanidad que desprende el libro se aprecia en situaciones no tanto de peligro en el sentido de un ataque de una fiera, que también, sino en el del terror a la radiación, a la enfermedad, a la contaminación, a la monstruosidad. Hay una escena, en mi opinión muy interesante, que presenta a una de las protagonistas expuesta a un material extremadamente tóxico y peligroso. Ella empieza a mutar poco después, y su mutación se extiende sin que se pueda hacer nada por evitarlo. Incluso aquellos que crearon tal material carecen de un antídoto o cura para sus efectos. Ahí se muestra, además de lo terrible que resulta crear algo destructivo sin muro de contención alguno para sus consecuencias, el miedo más profundo en cuanto a cuestiones ambientales se refiere. El cambio climático y la desertización son fenómenos terribles pero largos (más o menos). ¿Pero qué hay de un accidente nuclear? Es el cénit de la tragedia.
HE DESTACADO:
- Descripciones paisajísticas
- Suspense
- Vocabulario técnico y científico
- Final inimaginable y esperado
- Evocación de los miedos humanos
Tags: Gran Angular, Laura Gallego García, SM