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¿Para qué leemos?

Empezó el tercer curso de Filología Hispánica. Y uno de mis profesores, el que más pasión destila al hablar de literatura, nos dio la bienvenida con un texto de Kafka. Una carta que escribió a mi edad. Veinte años. La misiva decía así:

Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.

Al leernos este texto nos conmovió. Los estudiantes, todavía adormilados tras el verano, nos removimos en nuestros asientos, heridos con semejante provocación.

El profesor nos observó en silencio, como queriendo penetrar en nuestros pensamientos. Como deseando averiguar, sólo mirando nosotros ojos, quién guardaba dentro de sí mismo un alma de palabras. Todos aquellos que sí poseíamos una sentimos, de pronto, el grito silencioso y la emoción contenida. Esa sensación trepidante que nace de nuestras entrañas y aprisiona al corazón. Y de pronto…

- ¿Para qué leemos?

Enmudecimos. Todas nuestras lecturas pasaron ante nuestros ojos, como la vida ante la muerte. ¿Para qué leemos? ¿Para qué…? ¿Para entretenernos? ¿Para aprender? ¿Para saber más? ¿Por que sí?…

Nos instó a preparar un pequeño ensayo, de la longitud que nos apeteciese. Simplemente para responder a Kafka, para preguntarnos lo mismo que se había preguntado él cuando contaba con nuestros años y nuestra inexperiencia. Y yo, que sentía cómo la espina de la literatura se me había clavado muy adentro, decidí contestar.

Leemos para romper los límites de nuestra vida, para barrer las fronteras de nuestra propia percepción. Cogemos el libro como si se tratara de una ventana a otro mundo y nos asomamos a él con la certeza de que sólo haciéndolo podremos experimentar algo diferente a nuestra anodina existencia.

Los escritores son magos que saben colarse por entre nuestros sentimientos, pero sólo los grandes ilusionistas son capaces de llegar a un rincón oculto de nuestro cerebro que, acariciado sabiamente, nos conmueve y cambia. Porque leemos para transformarnos, para no quedar indiferentes. Para aprender de los errores ajenos antes de cometerlos nosotros, o incluso después de haberlo hecho.

Un libro es un vertiginoso acantilado al que te acercas para sentir el viento en la cara, para respirar aires nuevos. Para sentir, sencillamente, porque la rutina muchas veces nos adormece. Cierto es que si las páginas nos enredan con familiaridad y hacen cómplice al lector de lo que cuentan el libro se torna inolvidable, se hace amigo, se teme su final simplemente por acabarse. Aunque si las palabras no evocan la propia vida y no tienen nada que ver con uno mismo, sólo queda cerrarlo. ¿Pero qué clase de libros no narran algo humano? Sólo las personas empuñan una pluma para contar historias. Que unas interesen más y otros menos, es cosa de modas. Pero sí es verdad que la literatura sublime, la literatura con mayúsculas, está repleta de sentimientos maravillosos, buenos y malos, que terminan removiéndonos por dentro. El amor y el odio son las llaves que mueven el mundo hacia adelante o hacia atrás. Y creo que Kafka se refería a estos libros precisamente, a los que mueven el mundo.

Leemos para que el universo nos alcance a través de las palabras, y también para que ellas nos enseñen ese universo que debemos mover.

Una primera novela

La Torre me ha recibido con telarañas en las paredes y alguna que otra ventana rota. Pero no se lo reprocho porque la culpa, al fin y al cabo, ha sido mía. Aunque culpa, lo que se dice culpa, tampoco es que sienta. Porque no he estado precisamente de brazos cruzados en mi ausencia.

El tiempo pasa… y todas las personas guardan en su corazón un sueño y en su cabeza una obligación. Algunas veces confluyen, pero no siempre. Y en muchas  ocasiones las obligaciones roban espacio a los sueños.

Hay gente, por el contrario, que reparte su tiempo entre varias ilusiones. Y mientras lo hace nunca llega a alcanzar la cima de ninguna de ellas.

¿Que adónde quiero ir a parar? A que hay que saber discernir, cuanto antes, entre lo verdaderamente importante en la vida y lo vano, lo superficial. Lo sustituible a largo plazo. Para mí, al igual que para muchos otros jóvenes y no tan jóvenes, la literatura ni es vana, ni superficial, ni sustituible. La literatura es lo más importante de la vida.

Después de casi dos años rodeada de libros allá donde iba, por la mañana en la facultad y por la tarde en la librería maravillosa donde trabajaba, descubrí que había llegado el momento. Que me sentía preparada. Y tuve que dejar de trabajar y aguardar a que el verano empezara para dedicar todo mi tiempo a la nueva idea, a aquella que no me dejaba dormir. A esos personajes que de tanto crecer me asaltaban en sueños y me hablaban.

Me instaban a intentarlo. A lanzarme de cabeza.

- Ya has fracasado muchas veces – me advertían. – Tómatelo en serio. Queremos existir.

Hoy puedo decir que han nacido. Y también que es posible.

Escribir una primera novela es una aventura inexplorada, un sendero lleno de preguntas que muchas veces se torna peligroso, amenazador. Tanto que se abandona porque la duda es superior al escritor que camina y que ante una bifurcación, se derrumba.

Pero es posible. Deliciosamente posible. El secreto es no llorar y, al menos la primera vez, no dejarse llevar por la idea inicial, esa tan prometedora. Jordi Sierra i Fabra, en La página escrita, da las claves de su método de escritura. Yo me he dejado guiar por él y he salido victoriosa. Puede no servir para todos, él mismo lo advierte. Pero nadie pierde nada por intentarlo. Su máxima: el guión previo.

Y una última cosa. Las primeras novelas son las primeras. A veces no salen bien. Todos los escritores profesionales lo advierten. Y eso a los que empezamos nos fastidia y nos corroe. ¿Después de tantas horas de esfuerzo y de tantas ilusiones… al final no sirve para nada?

Yo no diría eso. He escrito mi novela. Algo que quería desde pequeñita, algo que me llena de orgullo. Y seguramente no es la peor, pero tampoco la mejor del mundo. La he escrito porque quería, porque lo necesitaba. Y porque quiero, si es posible, verla publicada. Por eso la he presentado a un concurso, para ver si vale lo suficiente como para volar de mis manos y caer en las de los lectores. Pero si no lo hace… ¿qué importa? He disfrutado escribiéndola y poner el punto y final ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. En el proceso, además, he aprendido.

Eso espero transmitir. A día de hoy, por ser dueña y señora de esta torre, mi pequeña hija de papel vivirá aquí, entre muchos otros. Pero en secreto. Porque quizá no está preparada para asomar la cabeza.

Sólo el tiempo lo dirá.

Espectacular. Sorprendente. Devastadora. Una obra de ciencia ficción capaz de atrapar incluso a aquellos que no sean muy asiduos a este género. Porque Laura tiene un don, una magia especial para contar sus historias que absorbe y encanta como si lanzara hechizos a través de sus palabras. Parece poseer, como el antagonista de esta historia, el poder de introducirse en las mentes de sus lectores y apasionarlos hasta que los ojos duelen de tanto leer. Y uno llega a la última línea, recuerda que debe seguir respirando y siente el alivio repentino de quien ha estado en tensión durante los últimos quince minutos. Increíble.

FICHA DEL LIBRO

Título: Las hijas de Tara

Autor: Laura Gallego García

Editorial: SM

Ciudad: Madrid

ISBN: 97884-348-8629-2

Páginas: 268

Se dice por ahí que la ciencia ficción va a ser el género destacado de la próxima temporada en la literatura infantil y juvenil. Y he de reconocer que la idea me asustó en un principio, porque no soy en absoluto una apasionada del género y porque me imaginaba la misma esponja vampírica actual, escurrida hasta el máximo, pero en ese caso con planetas lejanos, alienígenas, ambientes futuristas y máquinas por todas partes. Acostumbrados como estamos, hay que reconocerlo, a la fantasía con ambientes medievales, espadas, dagas, caballos y ciudades encantadoras ocultas en las montañas, atisbar un horizonte literario repleto de androides y armas nucleares no parecía lo más idílico del mundo. Pero hay que tener la mente abierta a nuevas experiencias y verdades, como muy bien saben los protagonistas de esta historia, porque cualquiera puede acabar por sorprenderse con las maravillas de lo desconocido.

El caso es que uno entra en este libro acongojado porque los parajes descritos nada más empezar inquietan a cualquiera. Desertización, contaminación, radiación sin horizontes claros que sirven de frontera entre un mundo natural salvajemente desarrollado y unas ciudades repletas de robots en los que los seres humanos experimentan hasta límites aberrantes. Las descripciones paisajísticas, en este libro, son deliciosas. Las grandes extensiones yermas y contaminadas provocan repulsión y las ciudades, si bien incitan algo de curiosidad, acaban por parecer terribles. Aunque la naturaleza, el bosque de Mannawinard, tampoco es un camino de rosas. La autora describe la violencia de la selva, la ley del más fuerte, de la supervivencia. Hace aparecer en escena animales peligrosos y terribles con los que los protagonistas deben luchar para defenderse y no dulcifica en absoluto la carnicería cuando alguno de los integrantes del grupo prepara la cena con los restos de una contienda. Es inevitable, en mi opinión, que el autor se identifique con uno de los bandos de la guerra. Pero es importante que no se deje arrastrar por la parcialidad y acabe haciendo apología de sus pensamientos en detrimento de la calidad del libro. En este caso la posición tanto de la autora como del lector se localiza en el lado natural, pero del mundo artificial se extrae una curiosa atracción: resulta interesante y sugerente. Sus protagonistas caen bien, son duros y con personalidades tan marcadas y atrayentes que resulta difícil, en un principio, intuir lo que va a ocurrir. Y ese suspense es, sin ninguna duda, una de las maravillas de este libro.

Laura siempre deja incógnitas abiertas. La mayoría de los escritores tienen esa irritante manía de conocerlo todo y racionar la información a un lector que se muere de ganas por saber más. Qué se le va a hacer, así son los libros. Ella, por su parte, introduce frases cortas y chocantes con la realidad conocida. De repente, algo no cuadra. Algo no está bien y tiene dos maneras de hacerlo ver. Como brillante narradora deja diseminados algunos puntos suspensivos en los momentos decisivos. Pero también los personajes viven su propio trauma por culpa de la ignorancia, pues con ellos también consigue dar esa misma sensación de incertidumbre. Sus protagonistas tienen intuiciones, corazonadas, pensamientos fugaces que o bien olvidan (el lector no, el lector no está luchando contra una fiera asesina en ese momento y se puede permitir el lujo de recordarlo), o bien destierran hasta un momento en el que no estén bloqueados por las circunstancias. Pero el peor error de todo esto, además de abusar, que en absoluto debe hacerse (si no la persona que lea el texto será incapaz de enterarse de nada), es que el propio escritor olvide aquella situación intrigante como si nunca hubiera existido. Todas ellas, por numerosas que sean, deben pertenecer a un esquema superior, mucho más amplio, que engloba el libro desde el principio hasta el final. Por eso hay que planificar bien, por mucho que nuestra idea inicial sea la mejor de la literatura universal. Laura, al final de la historia o a lo largo de ella, deja caer perlas de información que tanto el lector como los personajes deben ir guardando en su saco de pistas para llegar a la solución final, que es donde se explica todo y donde toda nuestra curiosidad queda satisfecha. Durante las aventuras, la maestría de su narración nos lleva a ciertas preguntas, y sus respuestas nos envían directamente a otras preguntas de mayor envergadura que se acercan poco a poco al objetivo final de la historia. Es difícil, pero nada que una buena planificación no permita hacer sobradamente.

Me enfadaría mucho conmigo misma si no hablara, refiriéndome a una novela como ésta, del vocabulario técnico y científico que se utiliza durante toda la obra. Los nombres de los robots compuestos de letras, números y guiones, los nombres de las corporaciones tecnológicas, los nombres de las máquinas y de las armas. Y también el vocabulario más amplio, no sólo el que sirve para denominar los objetos que aparecen, sino el ambiente. Implantes, mutantes, artificial, genética, biobot son sólo algunas. El escritor recorre con su pluma los parajes sobre los que se desarrolla la historia y el lenguaje utilizado debe ser coherente con lo que viven las personas que dependen de su imaginación. Todo esto ya lo advertía Jordi Sierra i Fabra en La página escrita:

Hemos de escribir para el presente una novela o relato que sucede en el futuro. Podemos redactar la historia con toda normalidad, pero necesariamente habremos de bautizar lo nuevo con una terminología que no chirríe, que parezca natural y sobre todo, lógica, por inventada que sea.

Hay otras dos cosas que me interesan especialmente de este libro. La primera de ellas es el final inimaginable y esperado. Y es que hay novelas que van contando una historia poquito a poco y no se advierte el final hasta que llega (son dos formas de contar, ninguna mejor que otra). Pero en este caso la autora nos desvela desde el principio que existe un viaje, una misión, un final. Y sabemos que vamos hacia ahí, pero no tenemos ni idea del camino que vamos a recorrer hasta que lleguemos. Eso también mantiene la tensión y el lector no tiene más remedio que leer atentamente si quiere llegar a la última página con el resto de los personajes y con la misma información que ellos en la cabeza. Es como una aventura que nos proponen a nosotros. Sólo tenemos que leer el libro, que nos va llevando como espectadores y partícipes de la emoción hasta un desenlace inhóspito que esperamos desde el principio.

La segunda y última de mis aportaciones es la evocación de los miedos humanos. La humanidad que desprende el libro se aprecia en situaciones no tanto de peligro en el sentido de un ataque de una fiera, que también, sino en el del terror a la radiación, a la enfermedad, a la contaminación, a la monstruosidad. Hay una escena, en mi opinión muy interesante, que presenta a una de las protagonistas expuesta a un material extremadamente tóxico y peligroso. Ella empieza a mutar poco después, y su mutación se extiende sin que se pueda hacer nada por evitarlo. Incluso aquellos que crearon tal material carecen de un antídoto o cura para sus efectos. Ahí se muestra, además de lo terrible que resulta crear algo destructivo sin muro de contención alguno para sus consecuencias, el miedo más profundo en cuanto a cuestiones ambientales se refiere. El cambio climático y la desertización son fenómenos terribles pero largos (más o menos). ¿Pero qué hay de un accidente nuclear? Es el cénit de la tragedia.

HE DESTACADO:

  • Descripciones paisajísticas
  • Suspense
  • Vocabulario técnico y científico
  • Final inimaginable y esperado
  • Evocación de los miedos humanos

Hay ocasiones en las que, en una clase de literatura, uno pierde el contacto con la realidad, se desvanece y viaja al instante en el que las palabras que escucha se escribieron. En ese momento es capaz de ver un mundo muy diferente al nuestro pero a la vez muy cercano en el que los grandes escritores, una vez, fueron meros aprendices.

La verdad, sin embargo, es que todos somos alumnos de nuestra pluma durante toda la vida. Nunca deja de enseñarnos algo, incluso cuando sólo es poner por escrito, por primera vez, un término imposible, único, inventado. Con ella aprendemos, con ella pasamos ratos interminables y grandes pesadumbres. Con ella sonreímos de satisfacción cuando ponemos un punto y final… y nos tiramos de los pelos cuando no conseguimos continuar un párrafo. Es un examen constante y lo peor de todo es que nos corregimos nosotros mismos.

En la clase de literatura de la que hablaba al principio la profesora leyó una cita que Zola había hecho refiriéndose al modo de trabajar de Gustave Flaubert. No me supo decir la referencia exacta del texto porque no había una nota para facilitar el trabajo, de modo que tuve que pedirle que me hiciera el favor de prestármela para poder copiarla. Y ella me la fotocopió y me la entregó al día siguiente. Desde entonces, ardo en deseos de compartir aquí esos renglones que a mí me fascinaron tanto y me hicieron leer Madame Bovary con unos ojos que, de otra manera, hubieran continuado cerrados.

Gustave Flaubert lleva a cabo el trabajo de un fraile benedictino. Nunca adelanta sino sobre conocimientos exactos y precisos, cuya exactitud haya podido probar personalmente. Si se trata de una investigación en obras especiales, se impondrá un trabajo ineludible de frecuentar durante muchas semanas las bibliotecas hasta que logre hallar los antecedentes deseados. Por ejemplo, para escribir diez páginas, el episodio de una novela donde saque a escena personajes que se ocupen de la agricultura, no retrocederá ante el aburrimiento de leer veinte o treinta tomos que traten de la materia. (…) No trabaja sino con el objeto delante. Cuando escribe, no sacrifica una palabra a la prisa del momento. (…) Antes de escribir la primera palabra de un libro, tenía en notas clasificada y ordenada materia para cinco o seis tomos. Era muy frecuente que una página de noticias y de acotaciones le sirviera sólo para escribir una línea. Flaubert trabaja siempre con un plan estudiado con madurez y arreglo en todas sus partes de una manera circunstanciada. (…) Quiere que la página salga de sus manos como una página de mármol, grabada para siempre, con pureza absoluta, que viva, por su propio valor, durante siglos. Éste es el sueño, el tormento, la necesidad que le hace discutir detenidamente cada coma, lo que durante meses le hace ocuparse de una palabra impropia, hasta conseguir la victoriosa dicha de sustituirla por la expresión adecuada.

¿Los grandes escritores siempre tienen una obra maestra a la que han dedicado décadas enteras de su existencia? ¿Y qué pasa si trabajas décadas enteras en una obra mediocre? Menuda desesperación… y qué eterna esperanza de algún día hacer sentir, aunque sólo sea a una persona de un millón, aquello que nos hacen sentir los Libros, con mayúscula, ésos que por su propio valor viven durante siglos.

No hace mucho, sacando a la luz los libros más finitos de Alfaguara en la sección infantil, me topé con una joya. El título ya me sorprendió y me obligó a cogerlo para hojear de qué iba la historia.

¿Puede una madre despedir a su hijo?

Pues eso es lo que le ha ocurrido a Miguel por desordenado, por desobediente, por travieso, por su falta de interés por los estudios… Transcurrido el plazo de 30 días que le han dado, e incapaz de enmendar su comportamiento, ha de abandonar su casa.

Sí, su madre le ha despedido.

El argumento me llamó la atención por la originalidad del tema, pero también por la relativa similitud que tiene con los ganadores del Premio Barco de Vapor 2009, Care Santos, con Se vende mamá y del Premio Gran Angular 2009, Antonio García Llorca, con El salvaje. Parece que está de moda en la literatura infantil el fenómeno de la ruptura familiar en clave cómica que hace ver a niños y adultos por igual que nadie es perfecto pero que todos podemos crecer y cambiar.

FICHA DEL LIBRO

Título: Querido hijo: estás despedido

Autor: Jordi Sierra i Fabra

Ilustrador: Magalí Colomer

Editorial: Alfaguara

Ciudad: México

ISBN: 97884-204-6489-3

Páginas: 114

Querido hijo: estás despedido es un cuento precioso y muy sencillo que se basa, principalmente, en la confabulación de los personajes principales de un barrio para engañar y dar una lección al pequeño protagonista. Jordi lleva a cabo una pirueta literaria asombrosa y absolutamente necesaria porque sabe muy bien que por muy ingenuos que sean los niños, o se elabora un plan sin fisuras o es imposible que no se den cuenta de que la realidad tiene truco. Los niños no son adultos tontos y es un error total escribir como si lo fueran. Su mente es complicada y rematadamente lógica. Y aunque suelen pecar de egocentristas, problema del personaje de este libro, aprenden si se les enseña, mejor que los mayores con el mismo defecto, a pensar en los demás.

Don Quijote estaba loco y por ello le engañaban con facilidad, pero Miguel tiene una salud mental excelente y el esfuerzo por aparentar una realidad extraña y distinta a lo que él está acostumbrado es inmenso. Sólo que todo ese plan externo va por detrás. El lector no lo ve hasta que el libro no avanza y se topa con sonrisas, consejos y comentarios de los vecinos muy sospechosos. Cada personaje funciona como una especie de pista que llega en el momento de máxima desesperación. Y esa pista le lleva a la siguiente, y  a la siguiente, buscando siempre un objetivo: que el pequeño regrese a su casa con un cambio radical de actitud.

La metáfora es también muy buena: el niño se cree que sus padres tienen todas las obligaciones del mundo para con él pero que él no tiene ninguna para con ellos. La verdad es que este pensamiento está muy extendido entre los pequeños a los que no se les enseña a colaborar habitualmente en casa, y Jordi lo aprovecha para mostrar que el vínculo padre – hijo no es algo irrompible. Tirar de la cuerda más de lo normal muchas veces la rompe. Así que la mamá de Miguel acaba escribiendo una carta por la cual asemeja la relación con su hijo a un contrato laboral. Como él no ha cumplido su parte, ella ya no cumple la suya. Y de ahí primero el escepticismo de quien nunca obedece, luego la tensión por las situaciones extrañas que se viven en casa, más tarde el miedo y la impotencia cuando se ve con su maletita en el rellano y más tarde el arrepentimiento más profundo, porque se echa de menos horrorosamente el hogar y el cariño de los padres.

Jordi también pone de relieve el asunto de la madurez. El personaje crece y reflexiona sobre sí mismo a lo largo del libro, pero hay una escena muy curiosa en uno de los capítulos que me interesa recalcar. Miguel tiene tres amigos en el parque que le reciben con cierta estupefacción. Y el autor pone de manifiesto en la figura de Mar, la única chica, la precocidad de la madurez femenina. Los dos chicos que la acompañan sólo son capaces de ver la libertad de su amigo, sin darse cuenta de que está en una situación desesperada. Es como un juego más para ellos, y se marchan sin comprometerse a nada con él. Pero ella, preocupada, le da un bocadillo porque tiene hambre y le asegura que vendrá a verle en cuanto salga del colegio, además de recordarle sutilmente que se merece un poquito lo que le pasa. Tanto su madre como Mar, las dos mujeres en las que se apoya, son activas y participan en el cambio del personaje. Los hombres que las acompañan, sin embargo, son pasivos y se dedican a incrementar su desesperación.

El toque mágico que Jordi pone a todos sus libros es la guinda que colma la belleza de la historia: la sintaxis perfecta pero sencilla, reflejo del niño que la protagoniza, es la más adecuada. Da relevancia a la semántica, explicando al pequeño mediante diálogos las palabras legales que no entiende. Y lo más importante: los puntos y aparte.

El estilo de Jordi atrapa irremediablemente por esas exclamaciones aisladas, esos puntos y aparte que dan fuerza y rapidez al texto, esa brevedad repentina que, con precisión terminológica, resulta al final la más representativa de lo que quiere decir. Las antítesis entre la risa y la seriedad, lo que es broma y lo que va totalmente en serio, introducen al lector en el texto balanceándolo de lado a lado de modo muy agradable. Las sucintas frases favorecen el deslizarse rápidamente sobre ellas y la sorpresa llega cuando descubres que has llegado al final del libro. Lo cierras, apenado, y te maravillas de la brevedad del cuento y de su efectividad pedagógica. Rápidamente un pensamiento cruza por tu mente: me apetece hacer tareas domésticas. Increíble, obra de un verdadero mago de las palabras.

La guinda final del libro la pone esa moraleja que le gusta tanto a Jordi y a todo escritor que se precie: el lenguaje es la solución del mundo. Dice el libro:

¡La importancia de un papel bien escrito, del poder de las palabras, del valor de la letra adecuadamente empleada!

Las palabras son lo más importante que tiene el ser humano. Y dominar la escritura, amigos escritores, es dominar el mundo.

HE DESTACADO:

  • Trama (confabulación de los personajes)
  • Protagonista (cambio)
  • Metáfora (relación padre-hijo igual a un contrato laboral)
  • Madurez (precocidad femenina)
  • Estilo (semántica, sintaxis, antítesis)
  • Moraleja (el lenguaje soluciona el mundo)

Me resulta agradable y a la vez aterrador afrontar Noche de Alacranes porque es al mismo tiempo una delicia para el lector y un rival inigualable para el escritor. Lo he elegido como primera víctima por varias razones: fue galardonado con el premio Gran Angular, de la editorial SM, en el año 2005 y fue también el regalo de cumpleaños que mi queridísima amiga y compañera Nerea Marco Reus me dedicó e hizo dedicar al autor para mí.

Noche de AlacranesFICHA DEL LIBRO

Título: Noche de Alacranes

Autor: Alfredo Gómez Cerdá

Editorial: SM

Ciudad: Madrid

ISBN: 97884-348-4431-1

Páginas: 252

No hablaré del argumento pues se puede encontrar fácilmente en la página web de Alfredo, aunque me centraré en sus detalles cuando abarque la trama en sí misma y sus personajes.

Lo que más llama la atención, ya desde la primera página, es la suma sencillez con la que el libro está escrito. Creo que irradia inocencia en cada página, una inocencia que la protagonista, Catalina, no ha perdido a pesar de su vejez. Es importante que el estilo que utilicemos para narrar una historia sea coherente con la historia misma, con su trama y sus personajes. No podemos desentender al narrador de todo eso porque si lo hacemos, el fino hilo que lo une todo podría romperse y la novela no tendría sentido para quien la lee. Sólo de esa manera consigue uno emocionar o inquietar. Alfredo utiliza un estilo que engancha y mece al lector, lo lleva de la mano con suavidad y de vez en cuando le da tirones que le sobresaltan. Así se escribe un libro brillante, siendo muy consciente de en qué momentos se incita a la rabia o en cuáles otros se acaricia el corazón.

Torla

Torla

Otra gran lección que he aprendido con Noche de Alacranes es que la estructura, en ocasiones, es tan importante o más que la trama en sí misma. El libro no sería igual de impactante si se utilizara una narración lineal.  La perspectiva que utiliza el autor es compleja, pues le da las riendas a un narrador en tercera persona que cuenta, desde la vejez de la protagonista, su infancia. La retrospección (más conocida como flash-back), es un recurso que ha sido muy utilizado tanto en cine como en literatura pero que requiere una gran organización y un esquema previo muy bien elaborado. Eso enfurece a los autores jóvenes, a mí también me ha pasado y me pasa. La idea inicial surge como un fogonazo de inspiración. La ilusión y la impaciencia por empezar a escribir están aseguradas. Pero si se pretende utilizar esta técnica es obligatoria la preparación. Eso distingue a los escritores profesionales y disciplinados de los noveles que se lanzan al folio en blanco de cabeza, sin ver qué hay debajo.

El libro divide la trama en capítulos; cada uno lleva adjudicado un salto en el tiempo que nos hace conocer la vida, muy poco a poco, de la anciana protagonista. Es importante saber qué contar en cada punto. Si lo soltamos todo de golpe no vale la pena escribir una novela. Y si nos demoramos demasiado en contar los aspectos más importantes seguramente el lector se aburra y se vaya a hacer otra cosa. Alfredo se sirve de una caja de galletas normandas donde Catalina guarda los recuerdos más importantes de su vida para desmigajarnos su infancia con acierto, ni demasiado rápido ni demasiado despacio. Antes mencionaba también la inocencia que se respira a lo largo del libro y olvidaba destacar que, al contar la vida de un personaje, sobre todo una vida tan amplia y tan difícil como es la de la mujer de este libro, se requiere conocerlo como si fuera uno mismo. Sólo yo sé lo que pienso, lo que siento, cómo reacciono ante determinadas situaciones, qué es lo que más me gusta o lo que odio. Y la coherencia se consigue así, sin errores. Dándonos la impresión, como nos la da, de que la Catalina que no puede dormir de vieja es la misma que corría aterrorizada por los montes escuchando disparos a sus espaldas. Exactamente la misma, pero con un pasado tras ella. Es complicado conseguir esto, Alfredo es un escritor consagrado y ya tiene mucho camino recorrido en el campo de la escritura, pero es normal que los autores más jóvenes nos asustemos. No tenemos conciencia de lo que cambia el tiempo, ni de cómo lo hace, porque desconocemos cómo nos transforma a nosotros. La propia juventud, la ignorancia del mundo, es un lastre con el que tenemos que avanzar, a veces a trompicones, para elaborar un personaje creíble y vivo.

Me ha encantado también la elección del título, elección que yo suelo tomar al final, tras escribir el texto, no antes. Se hablaba ya de los druidas y de sus colgantes con plantas venenosas en su interior, plantas que ingerían si les robaban la libertad, porque para ellos la libertad era más importante que la vida. Los guerrilleros que se echaron al monte en la postguerra compartían aquella opinión. Pero este detalle, sin embargo, lo dejo así, en el aire. Quien desee conocer qué se oculta detrás del título del libro, le invito a su lectura. Se sorprenderá.

Parque Nacional de Ordesa

Parque Nacional de Ordesa

Hay una última cosa que me gustaría extraer del libro. Podrían ser mil más, pero tiempo habrá de hablar de ellas con otras lecturas diferentes. Y, si no las vuelvo a encontrar, siempre puedo volver aquí para sacar diálogos y expresiones de una sencillez tan profunda como real. Alfredo nos hace vivir el libro, verlo, sentirlo, oírlo y tocarlo. Notamos los sabores de lo poco que comen los personajes, escuchamos el sonido del bosque al correr Catalina entre sus zarzas. Sentimos frío y ganas de llorar. La desesperación de la protagonista cuando el autor, jugando con su omnipotencia, la hace pasar por un montón de calamidades. La acompañamos, sí, pero también sufrimos con ella. No es necesario siquiera explicar qué siente en un momento dado. La misma situación nos lo dice si hemos sido capaces de meternos en su piel. Muchas veces no es la descripción detallada la más indicada para hacernos vibrar con la historia sino los diálogos, los gestos y la astucia del escritor al hacernos creer que las cosas son así por obligación, que no tienen otra salida.

En definitiva, un libro formidable que no me importaría volver a leer. Se dice que una pluma es más poderosa que una espada. Si la espada está demasiado recargada, pesa mucho y es difícil luchar con ella. Lo mismo ocurre con la escritura, y eso Alfredo Gómez Cerdá parece saberlo muy bien. Con la sencillez se llega más lejos, hasta el mismísimo corazón del lector.

HE DESTACADO:

  • Sencillez.
  • Perspectiva (coherencia).
  • Estructura (flash-back).
  • Qué contar en cada momento (caja de galletas).
  • Título (simbolismo).
  • Relevancia de los sentidos.

La Torre de las Palabras

La Torre de las Palabras

La Torre surge como proyecto cuando la memoria ya no basta para recordar las argucias y los ingenios de cientos de escritores que han pasado por mis manos. No pretendo erigirme como crítica literaria; mis palabras no son más que una opinión personal que me interesa conservar para que no se pierda en el tiempo.

En este pequeño universo particular que me ha dado por crear… aspiro a encerrar los mecanismos de la mente de muchos autores que publicaron su obra, antes o después, y que resolvieron los problemas que la propia narración les imponía con brillantes giros y vueltas de tuerca, con ingeniosos desenlaces o laberínticos nudos deshechos en un brillante final. Es complicado muchas veces recordar los puntos fuertes de cada uno, si aquél destacaba en las descripciones y ese otro en los diálogos. Merece la pena mencionar incluso la época, el ambiente, el “género” de la obra para poder obtener una pequeña “clasificación” satisfactoria, o al menos lo suficientemente interesante para una aprendiz de escritora como yo.

Serán bienvenidos todos aquellos que quieran cruzar el umbral de la Torre más adelante, pues ahora me interesa decorar las estancias, planificar cada detalle y sentirme yo misma en mi hogar. Cuando, al asomarme a la ventana del vértice más alto, sienta que estoy observando los lindes de mis tierras y que todo lo creado me pertenece y merece la pena (si alguna vez lo hace), invitaré a otros más versados que yo a la hora de desmenuzar obras literarias, por si quieren echarme una mano o simplemente curiosear.

No queda nada más por añadir antes de cerrar las puertas tras de mí y comenzar esta ardua pero dulce tarea. Espero que me acompañe a lo largo del tiempo el mismo entusiasmo que a día de hoy y las mismas ganas de aprender de los grandes. Todo por amor a la lectura y a la literatura.

Todas las fotografías publicadas en el blog, excepto las portadas de los libros comentados, pertenecen a Alberto Olmo, cuya galería está en Flickr. Se puede acceder desde aquí.